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Carmiña Mejía/autor

Este es el extracto de la entrada.

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Jamás escribo algo personal, pero me sorprende esta loca de mis historias que se parece tanto a mí.

Inadecuada

Tenía que estar en el centro de convenciones a las nueve de la mañana. Faltaban diez para la hora y yo seguía atorada en el tráfico. Desesperada decidí tomar una ruta alterna, pero al avanzar unos cuantos metros me di cuenta de que otros tantos automovilistas habían tenido exactamente la misma idea, la angosta calle estaba atiborrada también. Saqué mi frustración tocando varias veces el claxon al ver que con el semáforo en verde apenas avanzaban un par de autos. Resignada, suspiré profundamente, entonces fue que los vi.

Llamaron mi atención pues lucían inadecuados en ese contexto; personas que caminaban presurosas por la acera, vestidas para un día laboral. Ellos lo hacían a paso lento y relajado, la mujer traía puesta la pijama debajo del abrigo, él llevaba a todas luces la misma ropa de una noche antes, pero en un deplorable estado. Se veía claramente que no se habían bañado, ni peinado. Vamos, ni siquiera lavado la cara. Es miércoles, pensé, son las nueve de la mañana. Ambos traían un café en la mano. Muy probablemente eso fue lo que los impulsó a levantarse de la cama. Avancé un poco más, pero pude verlos llegar a su edificio, a ella sacar la llave para abrir la puerta mientras él le acariciaba con la mano libre el trasero. Pude imaginar entonces la necesidad imperiosa de la oscura bebida después de pasar buena parte de la noche despiertos. Supe que antes de que saliera el sol, seguramente un movimiento de ella aún dormida, lo despertó y al sentirla a su lado desnuda sintió la urgencia de reconquistar una vez más su piel. Y que la luz de la mañana los encontró entrelazados, jadeantes, con un sudor frío que les cubría todo el cuerpo. Estuve segura sin haber estado ahí que se sonreían con la mirada mientras él le preguntaba si tenía en su cocina café.

Entonces fui yo la que me sentí inadecuada, desleal a mí misma por estar a esas horas rumbo a una junta de trabajo, culpable de que mi cabello estuviera limpio y perfectamente maquillada mientras las líneas de mis medias de invierno subían por mis piernas tan derechitas como mi vida.
El claxon de algún otro desesperado me sacó de mi letargo, que ya sea viernes, me dije, antes de avanzar.

Jamás en voz alta

Cuando era una chamaca estaba fascinada con las películas de la época de oro del cine mexicano. Habré visto todas, desde las comedias de Cantinflas, hasta los tremendos dramas con Libertad Lamarque. Sin embargo, nunca confesaré en voz alta qué en mi primera experiencia laboral, de una a tres de la tarde, me encerraba en el archivo de la oficina (donde metí de contrabando una pequeña televisión), para no perderme ni uno solo de los largometrajes que a esa hora trasmitían.
De todas las que vi en ese par de años, ninguna provocó tanto impacto en mí como la escena de la película La Malquerida, donde Raimunda (Dolores del Río), se tira a los pies de Esteban (Pedro Armendáriz), para suplicarle que no la deje. Recuerdo que me enfurecí, ¿cómo el amor puede provocar semejante falta de dignidad?, pensé.

Claro, me digo ahora, en aquellos tiempos posrevolucionarios en los que se desarrolla la trama, ¿qué apoyo emocional podía tener Raimunda? Ella no estaba bombardeada como lo estamos ahora con información sobre el amor propio, relaciones sanas, el perdón, cerrar ciclos. En aquel tiempo no había cientos de libros, revistas, y artículos en redes, mucho menos tenía acceso a terapeutas y psicólogos. Ella no tenía la posibilidad de estar viviendo las etapas más álgidas del duelo, cuando quieres sucumbir a la tentación de rogarle al susodicho y encontrarte un post salvador en Facebook con el título: “Cómo detectar en diez puntos que no te ama”, o “Las cinco conductas de alguien a quien no le importas NADA”, y pese a haber dejado la adolescencia hace muchos, pero muchos años, lo abrimos (con cuidado de no ser vistas) y lo leemos, cómo no. Por supuesto, si Raimunda hubiera tenido esta opción, ¡la hubiera hecho reaccionar y detener la estupidez!

Además, aunque no lo confesemos jamás en voz alta, en estos tiempos la gran mayoría nos aventamos el libro “Cómo ser una cabrona” y lo subrayamos, también hemos leído a Walter Riso o al menos tenemos la amiga, prima, o vecina, que te recita de memoria los diez pasos para no morir de amor o te dice qué tipo de relación tóxica tenías con el innombrable.

Raymunda en aquellos tiempos no conocía de colectivos feministas que proclaman todos los días en redes sociales el empoderamiento de la mujer, el valor que tenemos sin un hombre al lado, de la riqueza interior que te da plenitud aún en soledad. La pobre mujer vivía en una hacienda alejada de todo, no tenía un solidario grupo de amigas sabias que te dan consejos espectaculares como el de “no lo trates como humano, sino como el perro que es”, que te amedrentan diciéndote, “si vuelves con él ya ni me hables nunca jamás”, o “amiga si pudiera pagar porque te hicieran una lobotomía, pagaba”.

¡Es imposible juzgar el personaje que el dramaturgo español Jacinto Benavente escribió en 1913! Raimunda no tenía una extensa red de información y apoyo como tenemos las mujeres hoy. Nadie se tira a los pies de quién ama y sostiene sus piernas para evitarle partir.

Sin embargo, nunca confesaré en voz alta, que en determinado momento minutos antes de dormir, he abrazado con fuerza la almohada imaginando que son sus piernas y en un susurro, para no ser escuchada por nadie, yo también como Raimunda he dicho: no te vayas.

Heidi

Esta mañana, un tanto adormilada, mientras preparaba mi café, no sé por qué razón, recordé a la mujer aquella que conocí en una boda a la orilla del mar. Podría decirse, ¿por qué tener en mente ese recuerdo un domingo por la mañana? No lo sé, seguramente porque en los últimos días he reflexionado acerca de las personas que van por la vida como Heidi por el campo. Sí, sí, Heidi iba por el campo siempre feliz. Con su canasta bajo el brazo, sonriente, con sus chapitas circulares encendidas por la emoción de estar viva. Iba por las colinas con la certeza de que el mundo era un lugar maravilloso.

Ella, no Heidi, sino la mujer que conocí en la boda, estaba sentada junto a mí en aquella magnifica recepción.  Era preciosa y portaba con ese tipo de elegancia natural un vestido que le quedaba a la perfección. Pese a su estampa, no parecía segura, la noté ansiosa y le pregunté si se encontraba bien. Me contó que era su primer evento social después de firmar el divorcio y que se sentía nerviosa pues iba sin pareja luego de diez años de matrimonio. La tranquilicé diciéndole que al final todas las casadas siempre terminan bailando solas pues a los maridos, por lo general, no les gusta bailar. Ella sonrió, parecía agradecida por mi comentario.

Pasado el vals de los novios la música comenzó. La orquesta tocaba los ritmos de moda, así que la pista se llenó al instante. No pasó mucho tiempo cuando un hombre del otro extremo del lugar se puso de pie, cruzó con paso seguro la pista directo hacia nuestra mesa. Pude apreciar que era un tipo extraordinariamente atractivo. Sin decir palabra, le extendió la mano a la mujer sentada al lado mío. Ella volteó a verme pasmada, luego tomó la mano del hombre y se fue a bailar.  Además de la galanura, él era, a todas luces, un extraordinario bailarín; ella seguía sus pasos con buen ritmo. La música cesó para dar paso a un cuarteto de cuerdas mientras cenamos. La mujer volvió a la mesa sudorosa y excitada. Es guapísimo, ¿verdad?, me dijo sin ocultar su emoción. ¡Claro que lo es!, comentaron las otras mujeres del grupo ante la mirada recelosa de sus maridos.

En cuánto comenzó de nuevo la música, el hombre se paró sin importar que no hubiera nadie en la pista y volvió a elegirla como compañera. Ella se puso de pie impulsada por un resorte.  Bailaban sin despegarse la mirada. Parecía como si el resto de la boda hubiera desaparecido para ellos. Me olvidé por un momento de los bailarines, pues me enfrasqué en una discusión de tinte político con los compañeros de mesa, luego me levanté al baño un tanto harta por la retórica de los alegatos. Estando ahí vi a la mujer que entró al “toilette”, me sorprendió el brillo de sus ojos. La novia entró unos segundos después. ¡Estás bailando con el hijo del dueño de la empresa donde trabajo, es soltero y un partidazo! Ambas se abrazaron y dieron agudos grititos, me recordaron las escenas de rubias superficiales en películas de Hollywood.

Al salir del baño vi al hombre recargado en una palmera con el pie cruzado con pose de galán, seguramente esperándola.  Después los vi bailando de nuevo hasta que la acompañó galantemente a nuestro lugar, pues era momento del pastel. ¡No puedo creerlo!, me dijo nada más al sentarse. ¡Encontré el amor en mi primera salida como soltera!

No encontré palabras para acompañar su emoción. Pero las otras mujeres me quitaron el peso de la respuesta porque, sorprendentemente, todas estaban de acuerdo con ella que el bailarín era el hombre de su vida.

Ella empezó, para celebrar su buena suerte, a pedir el “tequilita derecho” y ya no con agua mineral como lo pidió al inicio. Vi que se empinó dos de golpe antes de que el hombre volviera nuevamente a sacarla a bailar. En otra pausa musical, ambos llegaron pero ya un mesero cargaba una silla y nos pidieron amablemente si le podíamos abrir espacio al hombre.  ¡Por supuesto!, dijeron todas. El sujeto resultó ser, además de guapo, un tipo encantador.  En un rato él dirigía la conversación haciéndonos reír con sus ocurrencias. Pude notar, por tenerlos a un lado, que él acariciaba el muslo de ella sobre el vestido. Todos en la mesa nos contagiamos por su humor, y por qué no, por el ánimo de los recién enamorados. ¡Salud, salud!, decíamos todos copa tras copa. Los novios vinieron a decirnos que la recepción se terminaba en unos momentos, pero que en “petit comité” podíamos seguir la fiesta con ellos en la discoteca del hotel. Cuando caminamos rumbo al lugar, la nueva pareja, ya iba tomada de la mano.

El pequeño grupo pudo ver cómo, con la ayuda de los tragos, el naciente amor, se convertía en pasión. Ya ni siquiera bailaban pues intentaban conocerse más a fondo en el lenguaje de los besos.  De pronto la luz se encendió y nos informaron que por ser las cuatro de la mañana, el lugar cerraba.  Salimos del lugar por un sendero poco iluminado que llevaba hacia el hotel. La pareja iba delante de mí por lo que la escena sucedió frente a mis ojos. Ella cayó de boca sin meter las manos sobre los arbustos que flanqueaban el camino. El hombre, al sentir el jalón, la soltó y se quedó pasmado sin reaccionar. Fuimos otros los que nos apresuramos a levantarla, pero estaba tan ebria que se nos dificultó ponerla de pie. Tenía la frente, la nariz y la barbilla raspadas. Cuando miré a mi alrededor el galán había desaparecido.

Vimos salir el sol en la enfermería mientras le ponían agua oxigenada en las lesiones. Los novios y yo la llevamos a su habitación y la acostamos dejándola profundamente dormida. No volví a ver a mi amiga, la novia de la boda, hasta pasados unos meses; le pregunté qué había sido de esa mujer. Me dijo que ella no volvió a saber más de el guapísimo hijo de su jefe.

Esta mañana de domingo me acordé de ella, y de su ir por la vida tan ingenua, con sus chapitas redondas. Me pregunté, dándole sorbos a mi café, cuántos “hombres de su vida” habría tenido que conocer para dejar de ser la Heidi, tan feliz por el campo, y convertirse, como todas terminamos haciéndolo, en el genio de nuestra propia lámpara maravillosa.

 

Dos mujeres, un camino: la literatura

[Texto de presentación de Las infinitas posibilidades de un lápiz de Rita Stenner y De cuerpo entera de Carmiña Mejía, en Colima, el 9 de septiembre pasado.]

 

El otro día me preguntaba qué era lo que hacía a Raymond Carver uno de los más grandes cuentistas de todos los tiempos y concluí que era la forma en que convertía la realidad cotidiana en algo maravilloso y enigmático, esto es la forma en que convertía lo ordinario en algo extraordinario. ¿Han leído a Raymond Carver? Si no lo han leído, léanlo inmediatamente. Sus cuentos nos cuentan asuntos que de tan comunes se convierten en insólitos. En esto radica todo arte literario: en alejarse. Lo que hacen Carmiña Mejía y Rita Stenner, las dos escritoras que me han dado el honor de invitarme a presentar sus libros, es precisamente eso también: alejarse. No me pregunten de qué o de quién, porque en realidad en literatura es lo que menos importa. Es simplemente entrar en algo distinto, y no salir. Me gustaría hablar de ambas, (de Carmiña y de Rita) utilizando esa técnica musical del contrapunto (pues sus voces nos ofrecen una armónica polifonía en virtud de que tienen considerables puntos de coincidencia), pero prefiero conversar con ellas por separado. Empiezo con Rita Stenner, quien en Las infinitas posibilidades de un lápiz, libro de punzantes y sorpresivos microrrelatos, nos muestra cómo ofician los relámpagos. Me la imagino atravesada de pronto por esa ráfaga de luz, detenida de súbito en esa nueva posibilidad de capturar el infinito con un lápiz y ponerlo en la hoja en blanco, o en la servilleta o sobre el dorso de la mano. Donde se ve claramente que alcanza el ejercicio de esta revelación, es por ejemplo, en “Hombrecito monstruoso”, un bello texto circular que se enclava perfectamente en los límites carverianos de la inusitada simplicidad, que ha de permear toda su obra narrativa breve, y sobre la que ha de seguir edificando, con estruendosa serenidad y permítanme este oximorón, para definir su poética, una obra perdurable.

Antes de hablar de De cuerpo entera, de Carmiña, debo decir que a ella me une una amistad de hace muchos años y yo me imagino que en aquel tiempo preparatoriano ninguno de los dos nos imaginamos que terminaríamos dedicándonos al oficio de imaginar. En cualquiera de los casos leerla ha sido una gran revelación, sobre todo también es fiel al compromiso de alejarse. Los propios títulos de sus cuentos (ella que también es una recluta de lo breve) se alejan, miren algunos ejemplos: “Clinomanía”, “Apodyopsis”, “Conticinio”, “Basorexia”, etcétera. Pero es precisamente en el cuento que le da título al libro, “De cuerpo entera”, sin duda su carta de identidad, me imagino que por eso lo eligió como título del libro). En “De cuerpo entera” Carmiña pone a dialogar muy bien lo puramente anecdótico con lo inusual. El estilo bien logrado (una prosa sobria que enuncia y que enuncia solo aquello que debe ser enunciable) hacen de este breve cuento, una pieza a la vez memorable y a la vez entrañable. Yo le diría a Carmiña, sin temor a equivocarme, que con esta cadencia (y esto también es parte de lo que se consigue cuando uno se aleja de verdad) podría escribir fácilmente una novela. En fin, como esta noche no es mía, sino de ellas, yo no pretendo quitárselas de ninguna manera. Solo quería preguntarles antes de concluir: ¿Han leído a Carmiña y a Rita acaso? Si no las han leído, léanlas inmediatamente apenas se termine esta fiesta.

Rogelio Guedea.

Un padecimiento extraño

Pudieron haber sido cualquier hombre y cualquier  mujer que cruzan miradas. Pero el destino los quiso protagonistas de esta historia.  Conocerse fue como encontrar la pieza perdida de un rompecabezas.  Sus cuerpos creaban un engranaje perfecto. Infinidad de ocasiones alcanzaron a rasgar el manto estelar con sus dedos. Pasaron los días, se fueron tejiendo los sentimientos con hilos de historias pasadas, sueños, algunos anhelos. Parecía que cada minuto compartido era salpicado por una magia que salía quién sabe de dónde.  Los ojos de ambos comenzaron a brillar. Pudieron haber sido felices, pero el “pero” de este relato merece trato especial.

Él a su lado, descubría cada día emociones desconocidas. El espejo le devolvía sonrisas que nunca antes tuvo. Por lo que por primera vez cerró las puertas que mantenía entreabiertas con otras mujeres. Era tan genuino su sentimiento que pudo haber sido feliz, pero la suerte pintada en un libro de psiquiatría tenía otra opinión; una condición lo abrazaba sin saberlo.

Ella, que había crecido soñando historias rosas que se fueron estrellando con las duras paredes de la realidad, vivió con él algo en lo que su agotada esperanza ya no creía: el amor compartido. Pudo haber sido feliz, pero padecía una emoción tan desbordada que solo los ansiolíticos la hubieran contenido.

Una tarde de domingo se hicieron el amor  con una mirada permanente puesta en los ojos del otro y algo les estalló dentro. Ella jadeante sobre el colchón recopiló todos los sentimientos experimentados en ese momento. Hizo una amalgama multicolor que le provocó un sollozo que pareció interminable. Se sentía tan plena que lloró de felicidad por horas. Le brotaba  de cada poro  agua, luz, risas, estaba enamorada. Iría al día siguiente a decírselo a su madre.

Él  jadeante sobre el colchón sintió literalmente un vendaval que le pasó por encima. Como si un tornado lo hubiera arrancado de la tierra donde siempre estuvo bien plantado y lo hubiera lanzado por el aire.   Se sentía desconcertado ante su propia vehemencia. Esto torcía el camino lineal por el que le gustaba transitar.  La necesidad que por ella sentía no podía ser normal. Iría al día siguiente a consultar sus enciclopedias virtuales.

Los síntomas del amor que sufren todos los enamorados del mundo a ellos  los atribularon. A falta de sueño ella pasaba las noches que no compartía con él pintando, la emoción necesitaba un escape o quemaba. Las norepinefrinas, oxitocinas y las endorfinas nacientes a borbotones por el amor, le inyectaban una energía desbordante.  Su sonrisa la vestía a donde fuera.  Pareces enamorada, le decían al verla. Las horas sin él se convertían en una agonía dantesca. En las noches que lo recuperaba, no quería perder su mirada ni al dormir.  Los otros componentes de la vida  no eran prioridades dignas de ese momento. Toda lo demás pasó a un quinto plano.

La falta de sueño a él lo sentó en la realidad. Sus horas de descanso no entraban en discusión.  Su equilibrio colapsaba sin las horas plácidas de la noche. Las norepinefrinas, oxitocinas y endorfinas que burbujeaban en su cerebro activamente le impedían descansar. Ella bailoteaba en su mente cuando requería su atención en otros asuntos.   La deseaba todo el tiempo,  pasaba noches enteras recorriéndole la piel tratando de apagar el fuego que parecía inextinguible.  Adelgazó y unas ojeras oscuras resaltaban en su rostro. Pareces enfermo, le decían al verlo.   El corazón se le desbocaba  y el miedo empezó a colarse por las paredes.  Había perdido entre las sábanas de esa mujer el mapa de su vida.  Pensó que eso era de cuidado e hizo cita con un psiquiatra.  También recordó que la respiración se le cortaba al verla. Por lo que programó un chequeo médico completo.   Además, se percató que el informe anual de su empresa, próximo a entregarse, estaba en blanco.

Pudieron haber sido felices, si hubieran sabido que él tenía una desconexión entre el sistema límbico y la neocorteza, una condición llamada Alextimia.  Esto le provocaba no poder entender los sentimientos. Mucho menos añadirles el matiz del lenguaje ni para sí mismo.  No es que él no la amara profundamente, si no que era incapaz de saber lo que sentía. Lo que para ella era evidente, para ese hombre resultaba totalmente desconcertante. Quiso evitarlo a toda costa. Se despidió un día argumentando que iba a recuperar su vida apacible y productiva. De ahí se fue directo al doctor. El dolor en el pecho que sintió al verla partir, se lo atribuyó a un inminente infarto.

Pudieron haber sido felices si ella hubiera aprendido a manejar su emocionalidad. Era  tan alto el vuelo que cuándo él le dijo adiós, la suya fue caída libre. Quedo destrozada. Se encerró por siempre. Nunca supo de procesos o soltar anclajes. No pudo con la emoción del amor,  mucho menos con el dolor.

Los años se les fueron adhiriendo a ambos.  La casualidad quiso que él supiera un día donde ella vivía.  A partir de entonces, tomó como costumbre sentarse en las tardes afuera del lugar. A veces la veía jugando en una ventana con los fantasmas del pasado. Otras serena, sentada en el alféizar sostenida por recuerdos que de vez en vez le dibujaban sonrisas.  Una tarde la coincidencia quiso que sus miradas se encontraran.  El reloj de bolsillo dejó de contar el tiempo. El zureo  de las palomas cesó. Reconocieron al ser tan amado bajo los pliegues de las arrugas.  Entonces se dieron la espalda con un vacío en el cuerpo.  Caminaron hacia su soledad con el peso de una tristeza anclada al alma.

Tuvieron entonces los dos la certeza, hubieran podido ser felices.

 

Ausencia

 

Hay quienes ante el dolor
de la ausencia gritan la desesperanza
hasta quedarse sin voz.
Otros se abren el pecho
buscan que el sentir se escape,
vuele como si este tuviera alas.
Algunos habilidosos fingen indiferencia,
esconden el luto y cargan el duelo
debajo de un buen disfraz.
Y los locos, esos en pleno delirio llenan el vacío
y dejan que lo que les  quema salga
de la única forma que conocen; por sus letras.