Ausencia

 

Hay quienes ante el dolor
de la ausencia gritan la desesperanza
hasta quedarse sin voz.
Otros se abren el pecho
buscan que el sentir se escape,
vuele como si este tuviera alas.
Algunos habilidosos fingen indiferencia,
esconden el luto y cargan el duelo
debajo de un buen disfraz.
Y los locos, esos en pleno delirio llenan el vacío
y dejan que lo que les  quema salga
de la única forma que conocen; por sus letras.

 

 

La niña de la nube

 

 

 

Siempre he creído que fue concebida en una noche de tormenta. También he pensado que durante el embarazo algún chubasco chocarrero se coló al vientre que la resguardaba. Lo cierto es que una fría mañana de noviembre, la niña nació con una singularidad, tenía encima de su cabeza una nube como si coronara su espacio vital.

Y como si de un cuento fantástico se tratara, esta rareza trajo consigo un don, la belleza.  Sin embargo los primeros años de su vida no había moño, lazo, o encaje que pudiera enmarcar su pequeño cuerpo y sus grandes ojos. Ella a donde llegaba era un ventarrón que arrasaba con todo a su paso. Después trajo el mal tiempo enfocado a las causas injustas. Lanzaba amenazas a los que maltrataban animales, se metía en pleitos ajenos defendiendo al más débil, sorteaba con sus zapatos finos los pasillos del hospital civil para que atendieran a un enfermo y soñaba con irse al sur para engrosar las filas del ejército que lideraba conocido encapuchado. En algún momento la nube pasó por su corazón. Tratando de que se le saliera estrelló nueve carros, con nulos resultados. Se tomó de otra mano, cruzó continentes, regaló de su cuerpo vida  sin poder desalojarla.  Soltó todos sus quereres para bajar al infierno.  Recorrió palmo a palmo el lugar hasta desintegrarse y volver a ser. Luego tomó la salida. Hoy camina serena por la brecha del retorno. El día es soleado, los pájaros cantan, el río le da la bienvenida. Ella levanta la vista, comprueba que la nube sigue ahí.  Saca de su bolsa un hermoso impermeable multicolor y aprende a sonreír. 

No eres tú

 

No eres tú,
ni el roce de tus dedos,
es mi piel que sabe responder
a la caricia.
No es tu boca, 
son los mapas luminosos
que en mi cuerpo señalan
el placer.
No es tu aliento,
es la furia de mi deseo
capaz de formar escenarios
delirantes.
No es tu sexo,
es la diosa que me habita
con la clara conciencia
de que no eres tú,
soy yo.

 

La habitación

 

Muy probablemente nadie repararía en la habitación.
En la pequeña cama sin cabecera.
La lámpara de tenue luz amarillenta.
Una botella, papeles y dos copas sobre el escritorio.
Más de tres docenas de libros recargados sobre la pared.
Un tapete mal enrollado, una vela y varias cajas de inciensos.
Si hubiera visitantes, no lo verían.
Ni el pequeño dispositivo que sonoriza el lamento de un blues.
Mucho menos las flores en el jarrón en su último aliento.
Llamaría su atención la forma extraña de el pantalón en el suelo.
Lo negro del encaje al pie de la cama.
Los zapatos dispersos en coreografía inerte.
Centrarían su mirada en las sábanas revueltas.
En el cuerpo amorfo de piel brillante que respira acompasado.
En las ocho extremidades, cuatro ojos, dos bocas,
una mirada.
Si hubiera espectadores, lo que no les pasaría desapercibido
sería la fuerza del golpeteo de un solo latir.

Completos

Mira que
encontrarnos otra vez
llenos de esta realidad
donde yo no puedo dormir
y tú no sabes soñar.

Mira que
entendernos; sin oído
te sueno a música
y derrocho las palabras
que a ti te gusta guardar.

Mira que
a pesar de ser trozos
de historias rotas
nos reconocemos
y estamos aquí, completos.

Un poco de elegancia compartida

“Si ustedes me vieran en este momento/ comprenderían por qué no me atrevo/ a salir a la calle y comprar siquiera una anforita de aguardiente”.

¡Qué tristeza, Eusebio!
Me quedan cuatros dedos de Apulco.
Si alguien me viera en este momento
pensaría que lloro porque es la última botella,
y me es imposible salir a comprar otra
de mezcal.
No sería una dama si entro en detalles,
aún paro con gracia el dedo al
tomar una taza de té.
Este octavo a esta hora de la noche,
es una forma digna de brindar por el adiós.
¿Por qué más brindar con los restos de
esta última botella?
Por el gris, el tedio y la rutina.
Con su realidad implacable:
fiera condena de cadena perpétua.
Por La Rumorosa, el eco de su desierto
y la profundidad de su abismo del
que me escapé en un tapete.
Por la agiotista que vivía por el rumbo
donde fueron las explosiones,
a la que terminé pagándole por querer.
Por la música salida de una consola,
que me hizo girar, perder el piso
y me obligó a volar sin meterme drogas.
Por la madurez que no siempre
llega tomándole la mano a la edad.
Canas escondidas, como las ganas.
Todos las despedidas merecen
este brindis.
Y para ellas, cuatro dedos de mezcal
son más que suficientes, ¡salud!